Naciones y Nacionalismo

El sociólogo y filósofo Ernest Gellner, en su influyente libro Naciones y nacionalismo (1983), definió el nacionalismo como, ante todo, «un principio político que sostiene que la unidad política y la unidad nacional deben ser congruentes». Esta definición, breve pero muy citada, sitúa el nacionalismo no como un sentimiento espontáneo, sino como un principio normativo sobre cómo deberían trazarse las fronteras políticas.

Tres niveles del fenómeno

A partir de esa definición base, conviene distinguir tres planos del fenómeno nacionalista, con frecuencia confundidos entre sí:

  • El principio nacionalista: la idea normativa de que la frontera política debería coincidir con la frontera nacional o étnica.
  • El sentimiento nacionalista: la reacción emocional —con frecuencia de indignación— que surge cuando ese principio se percibe como violado, o la satisfacción cuando se cumple.
  • El movimiento nacionalista: la organización política impulsada por ese sentimiento, orientada a modificar las fronteras existentes para hacerlas coincidir con la nación que reclama su propio Estado.

Por qué esta distinción importa

Para los defensores del principio nacionalista, resulta política y moralmente inaceptable que los gobernantes de una unidad política pertenezcan a una nación distinta de la de la mayoría gobernada, o que los límites étnicos y culturales de un pueblo queden repartidos entre distintas unidades políticas. Esta idea, que hoy puede parecer una premisa casi evidente en el ordenamiento político mundial, es en realidad un fenómeno histórico relativamente reciente: la teoría de Gellner sostiene que el nacionalismo, tal como se conoce, surge de forma indisociable de la industrialización y de la necesidad de una cultura homogénea y estandarizada —lengua común, educación pública generalizada— que esta requiere para funcionar, y no de un sentimiento de pertenencia nacional que hubiera existido siempre, de forma constante, a lo largo de la historia.

Un debate todavía vigente

La tesis de Gellner —el nacionalismo como producto de la modernidad industrial, no como una realidad histórica permanente— sigue siendo un punto de referencia obligado, y también de controversia, dentro de los estudios sobre nacionalismo, en diálogo constante con otras escuelas que sitúan las raíces de la identidad nacional en períodos y dinámicas anteriores a la industrialización.