La gastritis es un proceso inflamatorio que afecta a la mucosa o a las glándulas del estómago. Es un término amplio que engloba cuadros de causas y evolución muy distintas, lo que explica por qué su clasificación —más que su definición general— es la parte clínicamente más relevante para entenderla.
Aguda o crónica: la primera gran distinción
La gastritis aguda se instaura de forma rápida y suele tener una causa identificable y a menudo autolimitada: el consumo de determinados fármacos (los antiinflamatorios no esteroideos son una causa clásica), el alcohol, o una agresión química o infecciosa puntual. La gastritis crónica, en cambio, se desarrolla de forma progresiva a lo largo de meses o años, y su causa más frecuente a nivel mundial es la infección crónica por Helicobacter pylori.
Formas clínicas frecuentes
- Gastritis aguda hemorrágica: asociada con frecuencia al consumo de antiinflamatorios, alcohol o al estrés fisiológico extremo (por ejemplo, en pacientes críticamente enfermos), puede producir sangrado digestivo visible.
- Gastritis crónica erosiva: lesiones superficiales persistentes de la mucosa, de causas variadas.
- Gastritis por reflujo alcalino: producida por el retorno de contenido biliar o duodenal hacia el estómago, frecuente tras determinadas cirugías gástricas.
- Gastritis crónica superficial: con frecuencia la manifestación inicial de la infección por H. pylori, antes de progresar (en algunos pacientes) hacia formas más avanzadas como la gastritis atrófica.
Por qué el diagnóstico puede ser confuso
Los síntomas de la gastritis —molestias en la parte alta del abdomen, sensación de plenitud, náuseas— se superponen con los de otras afecciones digestivas frecuentes, como la úlcera gastroduodenal, la litiasis biliar o la enfermedad por reflujo gastroesofágico. Por esta razón, el diagnóstico de certeza de la gastritis y de su tipo concreto requiere habitualmente una endoscopia con toma de biopsias, y no puede establecerse de forma fiable solo a partir de los síntomas.
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