Mariano Jose de Larra

Mariano José de Larra (1809-1837) es la figura más destacada del costumbrismo crítico español y uno de los escritores centrales del primer Romanticismo en España, un movimiento que, a diferencia de lo ocurrido en otros países europeos, tardó en arraigar en el país por motivos directamente políticos.

Un romanticismo que llegó con retraso

Las ideas románticas fueron filtrándose en España desde principios del siglo XIX, pero no llegaron a consolidarse plenamente hasta 1834, tras la muerte de Fernando VII, cuando terminó un largo período de represión política que había obligado a numerosos escritores liberales a exiliarse. Fue precisamente en ese exilio —principalmente en Francia e Inglaterra— donde muchos de esos autores entraron en contacto directo con las nuevas corrientes románticas europeas, que trajeron consigo a su regreso a España, imprimiendo a la literatura española un sentimiento nacional que la censura de las décadas anteriores había sofocado.

El seudónimo «Fígaro» y la crítica de costumbres

Larra desarrolló buena parte de su obra periodística bajo el seudónimo de «Fígaro», publicando artículos de costumbres que combinaban la observación aguda de la sociedad española de su tiempo con una ironía mordaz, a menudo cargada de un pesimismo profundo sobre el atraso político y social del país. Su publicación satírica El Pobrecito Hablador (1832-1833), en la que fingía ser un personaje ajeno a la vida literaria y periodística madrileña que comentaba con extrañeza las costumbres de la época, es uno de los ejemplos más característicos de este estilo: la distancia irónica del narrador ficticio le permitía formular críticas más directas de lo que habría tolerado la censura de la época bajo su propia voz.

Un pesimismo con raíces personales y políticas

La obra de Larra combina la crítica social generalizada del costumbrismo con un desencanto muy personal, alimentado tanto por sus frustraciones políticas —vio con desilusión el rumbo que tomó el liberalismo español tras la muerte de Fernando VII— como por su turbulenta vida sentimental. Larra se suicidó en 1837, a los veintisiete años, un desenlace que la tradición romántica posterior interpretó como la culminación trágica y coherente de la desesperanza que atraviesa buena parte de su obra.

Su lugar en la literatura española

Larra es considerado hoy el modelo del intelectual comprometido con la crítica de su propia sociedad, y su estilo periodístico —directo, irónico, capaz de decir mucho más de lo que expresa literalmente— sigue citándose como referencia en el periodismo de opinión en español, casi dos siglos después de su publicación original.